Blanco, barro y copal. Crónica de la primera ceremonia en el año 1998

Colocando las flores del "lauburu"
Colocando las flores del "lauburu"

Bautizo de lluvia

Un Cielo oscuro quería probar la veracidad de aquel intento, más la amenaza de tormenta no puso en huída tanto gozo congregado en ese primero de Mayo. La lluvia se limitó a bendecir una unión consumada sobre las ancianas rocas de la montaña sagrada. Blanco, barro y copal y la firme determinación de avanzar juntos, dibujan el recuerdo de esa jornada memorable. La montaña de Aralar en el corazón de País Vasco, sólo fue el comienzo de un itinerario compartido, de un anhelo ya inaplazable. Ya no se trataba tanto de hablar de unidad, de proclamarla a los cuatro vientos, sino de vivirla, de hincarla sobre la tierra; hora ya de inaugurar un círculo tantas veces esbozado en nuestras mentes, pero que el tiempo lo relegaba ignorando su premura. El mudo hayedo testificó aquella alianza de hermanos. Una solemne emoción se contagiaba entre los cuerpos entumecidos, mientras el suave canto desparramaba por el valle el compromiso sellado entre los servidores de lo Nuevo.

La montaña nos aguardaba de un momento a otro. El viento revuelto ya desde hace días, le había susurrado la cita. Sabía que un día la sorprenderíamos con silencioso paso, con blanco atuendo por uno de sus senderos. Desde México vino la consigna, la excusa para atender ya a una cita de gentes y colectivos que labran una nueva conciencia: la “Ceremonia de Activación y Luz”, iniciativa que varios sensitivos habían recibido en lo interno, emanada desde la Jerarquía de Luz, concretamente del Maestro Kinich Ahau.

Una enorme familia, de los más diversos grupos espirituales, venidos de todos los rincones del País Vasco, Madrid, Valladolid, Barcelona y Zaragoza, avanzaba el primero de Mayo, entre el hayedo conmovido, hacía ese círculo pendiente, hacia esa ceremonia de unidad postergada más allá de la hora. Rebosante el corazón, desbordados en el Espíritu, purificados por la lluvia incesante alcanzamos el dolmen de Eubi-Hegoa ya bien entrada la tarde. En realidad aquella variopinta columna que desembocaba en el centro ceremonial, dejaba atrás una intensa jornada que había transcurrido en el polideportivo del pueblo de Lekunberri, al pie de la Sierra.

 

 

Bajo techo de uralita

La mañana había sido organizada en un plan de distendida confraternización. Se trataba de que cada grupo expusiera al conjunto de los presentes, más de quinientas personas a juzgar por los impresos distribuidos, el trabajo que habitualmente realiza, en unas horas de mutua fecundación espiritual. La uralita hubo de cobijar todas las actividades que a causa del tiempo no hubiéramos podido desarrollar al aire libre. Despejada la incógnita de donde levantar un campamento para tantas “tribus” espirituales diferentes, éstas se dispusieron a presentar al resto sus trabajos. Fuera del recinto, desafiando el “xirimiri” los concheros de la Mesa de Danza del Señor Santiago desenvainaban sus plumas, calzaban sus penachos, y estiraban la piel de su enorme “hue-hue” (tambor ceremonial). Tras rápido afinado de “conchas” y mandolinas comenzaron sus danzas aztecas, su alarde de fuerza y de belleza en movimiento.

Mientras tanto, el interior del polideportivo era un hervidero de gentes y grupos con propuestas diferentes. Los discípulos de Swami Sananda de Logroño, Pamplona y Vitoria desarrollaban su ritual del “toque de energía” que atrajo a decenas de los presentes, impresionadas por el poderío y sencillez de su trabajo. En otro rincón del gran aforo se elevaba el suave y hondo sonido de las canciones que había seleccionado y preparado el grupo Ama Lurra (Madre Tierra) de Bilbao. Allí dieron a conocer la tarea que han realizado recuperando melodías escondidas en el cancionero popular y religioso vasco, devolviéndoles todo su valor en estos tiempos de reciclaje de un pasado más sagrado.

En el otro extremo de la enorme sala las gentes de Lourdes García y Soma (Ávila y Pamplona) ponían en marcha su propio círculo. Sonidos de Nueva Era hacían brotar una espontánea oración que, en alegre y original expresión, esbozaban sus cuerpos. El gozo se contagió, agrandando un círculo en el que cada quien mantenía, sumido en las propias dosis de éxtasis, su rítmico giro y balanceo.

Presentes estaban también, aunque se sumaron a los grupos ya formados, limitándose algunos de ellos a adherirse a la convocatoria o a exponer oralmente su trabajo: gentes de los “Clanes de Quetzalcoalt” de Miyo, lectores del “Libro de Urantia” y el “Curso de Milagros”, estudiosos del “Calendario Maya” y el “Encantamiento del Sueño”, un grupo de danzas de Gurdijef, miembros de grupos de Metafísica de San Sebastián y otras capitales, seguidores de Amma, de Pablo de Havona en Pamplona... Con todos ellos, con los que también venían por libre, formamos el otro gran círculo que nos aguardaba al término de la mañana. Los diferentes trabajos y talleres se cerraron con una colectiva mantralización de sílabas sagradas. Todos los presentes, agarrados de la mano y algo encogidos en un enorme recinto, que se nos había quedado pequeño, despedimos la primera parte de la jornada.

 

A la derecha de la raya

El tiempo estaba poco acogedor, pero la montaña, arropada en su niebla, no cejaba en su silencioso y a la vez, potente llamado. Los presentes no se resignaban ha dejar en el cemento la huella de ese hermoso día. Al término de la comida se procedió a la votación: los que deseaban desarrollar la ceremonia alrededor del dolmen de Eubi-Hegoa, tal como se había programado, se desplazarían a la derecha de la raya central de la cancha, los que preferían llevarla adelante en el mismo recinto cubierto, se situarían a la izquierda. La organización optó por esta salomónica decisión ante la dificultad de un cómputo a mano alzada. A la señal de posicionarse, todo fue una gran ola humana moviéndose hacia la derecha y celebrando entre risas la dicha del reencuentro inmediato con la Madre Tierra. Bien pertrechados, con toda la ropa de abrigo y agua sobre los cuerpos, la larga comitiva de coches enfilaba por la carretera que conducía, tras trece kilómetros de curvas, hasta la Casa del Guarda en plena sierra.

Una vez arriba nadie sugirió abreviar el programa a causa de la lluvia, así que nos dispusimos para la marcha sagrada. Las “malinches” sahumadoras (sacerdotisas de la tradición azteca) con su cortina de copal al viento, abrían el cortejo. El humo sagrado iba pidiendo permiso entre los hayas centenarios. El tambor, también a la cabeza, insistía en la solemnidad del momento. Sumidos ya en el compás dulce de los cantos, gargantas incontenibles elevaron hacia el cielo los primeros “irrintzis” y un escalofrío se adueñaba de los peregrinos de la nueva alborada. La emoción se contagiaba cuando la montaña nos devolvía ese largo grito de las antiguas tribus vascas, que allí cobraba su auténtico y profundo significado. Ya no se trataba de ninguna convocatoria para la batalla. Habíamos oído tantas veces ese mismo grito en las calles de nuestras ciudades, en medio de un humo más pesado, llamando a la pelea, a la confrontación con el “adversario”, que algo tembló por dentro cuando sentimos que aquel “irrintzi” venía por fin inaugurando un tiempo definitivamente diferente. Era en realidad un saludo alborazado a Ama Lurra (Madre Tierra) y a Aita Zerua (Padre Cielo): “¡Aquí estamos, ya no guerrearemos contra el hermano!, ¡Oh Dios, aquí están tus hijos para levantar el Reino de fraternidad humana!”, quería decir aquel grito sostenido que brotaba sin descanso de uno y otro extremo de la columna. Aquellos “irrintzis” cerraban un círculo pendiente en el tiempo, atendían a una promesa que guardaban las piedras del dolmen principal y de cuantos se extendían sobre el lecho de la montaña. Se estrenaba un nuevo tiempo sagrado y allí estaban los guerreros de la Luz para testimoniarlo con su alegría contenida en un grito echado al viento.

 

 

Caídas nos trae la vida

A medida que avanzábamos el barro dibujaba de proeza las blancas faldas y pantalones. Llegó también la cuesta encharcada, ofreciendo su puntal paralelismo con los lodazales del peregrinaje por la vida. En ese trayecto embarrado no faltaron manos que tiraban de otras manos, cuerpos que perdían el equilibrio, risas que acompañaban las caídas sobre el blando suelo... Todos querían cuanto antes alcanzar el rellano donde los concheros, que habían encabezado la marcha, entonaban a pleno pulmón una bella alabancita. Esta tonada, que inundó de coraje a los que ascendían, rezaba en su estrofa principal: “Santísima Trinidad que nos dio su Santa Luz , que florezca la humanidad , revestida de su Luz”. A su término todos, en una sola y potente voz, repetíamos “Que florezca, la Luz, que florezca la Luz, que florezca...”

Culminada la prueba del barro y antes de comenzar un retorno más interiorizado, junto a dos grandes rocas que simbolizaban la Puerta de Iniciación, recitamos una ardiente “Gran Invocación”. En el itinerario de vuelta hasta el lugar ceremonial, nos detuvimos en siete dólmenes, que bien se podían interpretar como nuestros siete centros principales de energía o “chacras”. En cada uno de ellos se efectuó una pequeña parada con ofrenda de flores.

 

 

Ceremonia de Activación y Luz

Formados tres círculos concéntricos alrededor del dolmen, el sonido de las caracolas extendió de nuevo por aquellas alturas la llamada al recogimiento. El saludo a los Cuatro Vientos marcó el comienzo de aquella ceremonia inolvidable.

Con el fondo de unos “mantrams” se dio comienzo a la ofrenda floral en la que participaron representantes de todos los grupos. Para entonces varias mujeres habían conformado el altar entre las piedras del dolmen. Un enorme sol y luna fundidos en uno, conciliación de lo masculino y femenino, del Cielo y la Tierra..., dibujados sobre una tela blanca, aguardaban ser colmados por pétalos de claveles y margaritas. Los hombres fueron rellenando el interior del Astro Padre y las mujeres hacían lo propio con esa Luna que acostaron entre las rocas empapadas del dolmen.

Los danzantes concheros con su gran bagaje ritual sentaron la estructura básica de la ceremonia. Los cantos del grupo “Ama-Lurra” proporcionaron un fondo de unidad, a la vez que elevaban la vibración del momento. Lourdes García junto con sus dos acompañantes imprimieron al ritual fuerza y contenido. Todo discurrió en suprema armonía y complementariedad. Sutiles miradas, gestos apenas esbozados, sugerencias sin siquiera completar..., fueron ensamblando las diferentes partes de esa ceremonia apenas diseñada, pero en el que cada quien jugó su justo e idóneo papel. Los valores unidad y fraternidad perseguidos desde el lanzamiento de la convocatoria, cobraron en esos instantes sagrados su más cálida expresión.

Javier Gómez, Ur, tomó la iniciativa de mantralizar las sílabas sagradas que nos habían sugerido desde México. Comenzamos a repetir “Ahau” (Señor, Maestro..., en la antigua lengua maya), moviendo la energía de los cuerpos. Este ejercicio se prolongó durante unos minutos acompañado de una potente respiración. Después entonamos el sonido armonioso “Kin” (Sol, Luz...) y finalizamos con la letra “Y” (nota solar) de forma ininterrumpida, hasta que tres toques de caracol detuvieron de nuevo nuestros labios.

 

“Mensajeros de la Nueva Luz”

En medio de la ceremonia se creo un paréntesis en que Xabier Satrústegui, Soma, leyó tres mensajes a propósito del gran momento que vivíamos. Estos tres breves discursos cargados de amor, ánimo y esperanza habían sido comunicados por la Jerarquía de Luz a Lourdes García esa misma mañana. Reproducimos tan sólo un extracto de ellos:

“¡Gloria a Dios en el Cielo y en la Tierra todos vosotros, colectivos de amor y de luz que hoy despertáis en unidad. Vuestra felicidad en este Planeta es la meta de vuestro Creador. No os retraséis más en vuestro caminar. Sois el pueblo divino en la creación universal, que yo guío a través de todos los tiempos, en este momento trascendental en que todos queréis salir de la ignorancia a la luz. Yo os guío por este camino de regreso a casa, entrad en él, unificaros como lo habéis hecho en otros tiempos. No más divisiones, no más separaciones, unificaros en vuestros corazones y no volváis a caer en la dispersión. Caminad cogidos de la mano hacia la Luz Dorada. No miréis hacia atrás...

Vosotros los mensajeros de la nueva Luz estáis entre los hombres de la Tierra. Expandid el amor como palomas mensajeras entre los hombres. No tengáis ningún miedo. Vuestras presencias son una vez más, como puentes de Luz y pequeños soles. En esta bendita Tierra sois depositarios de la semilla de la nueva raza. No temáis, estáis protegidos, sois puentes de Luz. Extended vuestra Luz por este maravilloso planeta. Decid a todos los humanos que no teman, que su regreso a la Luz, está programado...”

 

Una sola y elevada intención

Llegó el momento de sumo recogimiento. Tras las palabras se crearon unos instantes de silencio para sintonizar en un mismo y elevado anhelo, con todos los hermanos reunidos en las pirámides de Uxmal (México) y en múltiples rincones de la geografía mundial. Tal como se había sugerido en la información previa, una sola intención visualizada dominó el instante: los hombres bajando la energía luz del Padre Sol y las mujeres subiendo la energía luz de la Madre Tierra. Entonces se reunieron nuestras más elevadas intenciones para que la Tierra fuera refundada como planeta de Luz, Alegría y Paz. Tras este momento culmen, aunamos otra vez nuestras voces repitiendo el fiat de Luz: “Luz expande, Luz expande, Luz expande, expande, expande...” y cada quien visualizaba a la Tierra entrando en un gran canal de Luz. Resbalaba el agua por sus rostros y los presentes proseguían felices cantando y orando, celebrando la clausura de un pasado colmado de violencia y división, la hora del reencuentro entre tantos grupos diferentes, el privilegio de un tiempo único. El desfase de casi una hora que llevábamos con el discurrir de los actos al otro lado de las aguas del Atlántico, no impidió que la ceremonia colmara sobradamente sus objetivos espirituales.

Unas palabras de Lourdes y el canto del “Agur Jauna” (Saludo a Ti, Padre) elevado suave, pero majestuosamente, pusieron fin al acto. Este himno religioso nos reenvolvió en la vibración de una tradición que mantuvo firme y vivo durante siglos, su particular vínculo con lo sagrado. “Denak Jainkoak eginak gera, zuek eta bai gu ere” (“Todos estamos hechos por Dios, sí, todos vosotros y nosotros también”) y entonces otro puente mental se estiraba hacia atrás en el tiempo y alcanzaba un pasado olvidado. Nuestra alma colectiva, sorteaba un paréntesis de inevitable, quien sabe si incluso necesario, tiempo profano, y se unía con esa otra alma que vibró entonces en ese mismo lugar, bajo el mismo y respetado Cielo, entre la misma y sacralizada naturaleza.

Llegó el momento de los abrazos y con ellos la emoción desbordada de haber culminado una tarea pendiente, una jornada única. El agua jugaba entre las mejillas que se buscaban y fundían. Para entonces la tan temida lluvia se había tornado en aliada. Nos acompañó silenciosa, dulce durante horas. Propició una intimidad en medio del inmenso hayedo. Miradas hacia lo alto la contenían en su ademán de derrocharse. No rompió en gran arrebato, se contuvo amable consciente de lo que se gestaba. Apenas hizo alguna travesura, apenas alguna vela aquí y allí silenciada, apenas algunas llamas ahogadas, que las mujeres se aprestaban a contagiarles de nuevo vida.

Era noche cerrada cuando nos metimos en los coches y el aire caliente de la calefacción insuflaba también a los cuerpos nueva vida. Abandonábamos la montaña agradeciéndole tanta sorpresa agazapada en ese día. Nos alejamos de su húmeda magia con la promesa de remontar aquel lugar sagrado cuantas veces hiciera falta, cuantos primeros de Mayo sintiéramos la necesidad de retornar a aquellas gloriosas cumbres, de redibujar, ese mismo círculo de hermanos. Cada cual enfiló a su propio destino con la promesa de enlazar de nuevo las manos en torno al dolmen, de orar y cantar en sucesivos encuentros hasta que la humanidad “florezca”, hasta que todos nuestros semejantes sonrían por fin a la sacrificada Madre Tierra, al infinito Cielo y Su Gobernante.

 

México conection

 “¡Gloria Dios en el Cielo y en la Tierra Paz a los hombres de buena voluntad! El trabajo ha sido cumplido. La tarea propuesta desde la Jerarquía de Luz ha sido culminada. Alrededor de trescientos cinquenta servidores de la Luz nos reunimos a la hora acordada, a pesar de la constante lluvia, en la montaña sagrada de Aralar (País Vasco) para desarrollar la ceremonia de ‘Activación y Luz. ¡Que el Amor del Padre nos mantenga por siempre unidos! ¡Que la Luz el Amor y el Poder restablezcan el Plan Divino sobre la Tierra! Abrazos fraternos”. Era ya de madrugada al grabar estas líneas en la pantalla. El cansancio no pudo con la ilusión de mandar a México este breve parte, vía “e-mail”, a los hermanos de México. Atrás quedaba una jornada tan larga como inolvidable. Atrás gozo y barro, lluvia y copal, canto y ofrenda. Atrás cientos de manos estrechadas en un sólo anhelo de elevar la vibración de la Tierra, atrás intensas horas que difícilmente nuestra memoria colectiva.

Finalizábamos esta crónica cuando nos anunciaron que la sinrazón había regado de sangre un asfalto, no muy lejano a donde, hundimos la semilla de una nueva Aurora. La oscuridad se empleaba a fondo en esta tierra noble y pese a todo esperanzada. Nuevo asesinato de ETA, la sombra trabaja sin descanso porque sabe que la luz está siendo anclada con particular anhelo y determinación; no en vano aún resuena por la geografía vasca ese eco multitudinario del primero de Mayo, proclamando a los cuatro vientos: “Que florezca la Luz, que florezca la Luz, que florezca Luz...”


 

Aralar concitó de nuevo sentimiento de amor a la Tierra. Crónica de la edición de 1999

 

 

En coordinación con ceremonias de similares características que se desarrollaban al mismo tiempo en otros rincones de la geografía mundial y muy especialmente en la pirámide de Uxmal (México), tuvo lugar el pasado 1º de Mayo en la mítica Sierra de Aralar, un acto ritual en favor de la hermandad humana y la Madre Tierra. Está iniciativa apadrinada por diversos grupos de crecimiento interior y nueva era del País Vasco, Navarra y Logroño y que se desarrollaba por segundo año consecutivo , reunió alrededor de trescientos participantes. Pese a los malos augurios atmosféricos, la colorida ceremonia que se prolongó por espacio de tres horas, se pudo desarrollar enteramente al aire libre en el corazón de la mencionada cadena montañosa, junto al cromlech Eubi-hegoa. El punto culmen del acto lo marcó el mediodía, cuando el sol escudado tras espesas nubes, alcanzaba su mayor altura. En ese momento se estableció la conexión con cuantas personas en el planeta participaban de ese silencio y meditación en favor de una humanidad más fraterna y la sanación de Amalurra (Madre Tierra).

 

El humo sagrado que alentaron las mujeres se colaba entre las ramas en solicitud de irradiación divina de amor y de paz, mientras los presentes desgranaron sus sentidas invocaciones en euskera y castellano, en favor de ese mundo nuevo. Oración, danza, silencio y canto se fueron sucediendo ante la presencia silente de un hayedo que pujaba ya por vestirse de verde. Siguiendo la pauta marcada por la primera edición del evento, tras la comida de fraternidad al aire libre, se creó lo que los organizadores han denominado “un espacio de mutua fecundación espiritual”. Junto al florido altar de la ceremonia, los diferentes grupos asistentes compartieron con el conjunto de los presentes, algunos de los trabajos de índole interna y técnicas de desarrollo personal que habitualmente practican.

 

El evento culminó con la promesa reafirmada entre los presentes de volverse a reunir al cabo del año, en el arranque del nuevo milenio, bajo la misma divisa de trabajo compartido en favor del planeta. Los actos rituales que con carácter universal y forma periódica se vienen llevando a cabo en Aralar, están comenzando a marcar una significativa referencia en el empeño reunificador de los grupos espirituales y de crecimiento interno en nuestra país. 

 

"Nieve, sol y gozo" Crónica de la Ceremonia del 2001

Amalurra (Madre Tierra) nos acogió con sus mejores galas. A su verde y exuberante manto, añadió un blanco reluciente en los mechones de sus elevadas crestas. Primavera e invierno se dieron cita en un primero de Mayo al pie de ese dolmen donde se reúnen también tantos vientos, tantos colores y corazones. No es fácil reportar aquello de lo que sólo el alma toma cumplida y exacta nota; no es fácil describir una jornada vivida en profundo sentimiento de fraternidad: pura sincronía de espíritus, puro gozo de sentirnos unidos en un tiempo único, en un servicio entusiasmado.


Sólo una feroz lluvia consiguió sacarnos, avanzada ya la tarde, de la montaña sagrada. Costaba dejar aquel bosque mágico, abandonar el círculo de la unión, retornar al mundo. Cuando juntos disfrutamos del calor transformador de un círculo de amor, cuando juntos saboreamos la luz de otras dimensiones anclada en la tierra, cuesta accionar la llave de contacto y darle al coche órdenes de volver al mundo.


Atrás quedaban horas vividas en el nimbo de la profunda unión. Llegaron hermanas allende el Atlántico, hermanos de Aragón, La Rioja, Andalucía, Castilla… que juntaron su corazón al de los vascos y navarros en tan señalada hora. Alrededor de cuatrocientas personas nos unimos en un mismo clamor invocador de energías de luz, paz y amor para Euskalherria y el mundo entero en la ceremonia, que, por cuarto año, consecutivo hemos celebrado en Aralar.

El Cielo obró milagro. Sólo unas horas antes nevaba en el dolmen Eubi Hegoa (lugar de la ceremonia). Los peores augurios atmosféricos se centraban en ese lugar y en ese día, sin embargo Aita Eguzki (Padre Sol) acarició nuestra frente durante horas. Las preces de más de una maga, a lo largo de la noche, obtenían favorable respuesta en forma de radiante disco solar alzado sobre las cumbres nevadas de San Donato.


Callaba la txalaparta (instrumento vasco ancestral de percusión en madera) y de seguido entraban los cuencos tibetanos, que a su vez se hilaban con alabancitas concheras, con oraciones y silencios universales, con solemnes cantos en euskera… Toda una melodía de unión que se estiró, a pesar de la baja temperatura, durante más de tres horas.

Las flores fueron tejiendo, depositadas por el cariño de todos los presentes, la figura del "lauburu" (cuatro cabezas). Un año más sellábamos florido compromiso con esa antigua civilización solar (simbolizada por el "lauburu") que aquí y allá estamos reconstruyendo. Bebimos también del agua de acuario previamente bendecida. Las sacerdotisas aguadoras acercaron a nuestros labios el agua purificadora de sentimientos y voluntades. Graciela Iriondo (Argentina) aterrizó sobre la explanada ceremonial su hueste angelical y nos invitó a unirnos a estos abnegados servidores a quién tanto debemos. Esta infatigable servidora de la Luz nos hizo sentir, en especial, la presencia poderosa del arcángel Miguel.


La abuelita María Guadalajara (México) nos elevó con su canto del águila más allá de nuestras supuestas limitaciones, a la altura de las cumbres nevadas, haciéndonos conscientes del inconmensurable poder de nuestras "alas". Presentes estuvieron en el círculo de Aralar nuestros hermanos de Uxmal convocados por el Maestro Kinich Ahau, los hermanos de la Meditación del "Portal Angélico" convocados por Metatron; presente estuvo la energía de Wesak en víspera de su lluvia de bendiciones….; presente estuvieron los servidores de la luz de todo el planeta, que afinan su nota interna de unión en tan señalado día.


"Juntos hasta la Vitoria y tras la Victoria de la Alborada" clamamos cuando el eco del Agur Jaunak (¡Oh Dios, te saludamos!) se adentraba en el hayedo familiarizado con nuestra presencia. Viento y lluvia se encargaron de extender en las cuatro direcciones las bendiciones de paz y de amor descendidas a lo largo del intenso ritual. Precipitados saludos y abrazos, el chaparrón apremiaba, y la promesa de retornar el primero de Mayo del 2002 a reafirmar nuestro compromiso con la Luz, con la Nueva Tierra de alegría y fraternidad, sellaron la jornada.

El viaje continua. Nuevos y más amplios círculos nos aguardan en Segovia (cita de la Red Ibérica- 11, 12 y 13 de mayo) y en Costa Rica (cita de la Red Iberoamericana de Luz - 9, 10 y 11 de Noviembre). Para tejer estos y otros círculos de fraternidad, para dejar en ellos nuestros cantos, nuestras flores, nuestros más elevadas notas…, bajamos también a esta bendita Tierra.

 

 

 

 

 

Viento, copal y hojarasca. Crónica de la ceremonia del 2005.

 

 

¿Quién árbol, quién humano? ¿Quién con ramas, quien con brazos? ¿Quién con yemas de tiernas hojas, quién con brotes de inacallable esperanza?
Volvíamos al tiempo en que éramos todos uno, con raíces en la tierra, con brazos en el Cielo. Volvíamos al tiempo sin tiempo en que todo estaba dentro de un círculo siempre fecundo, volvíamos a la eterna primavera, a la verdeante hermandad que nunca deshoja.
¿Cuándo acordamos esa cita en medio del hayedo milenario? ¿Cuando ensayamos por primera vez la sinfonía sagrada en medio de la exuberante, de la infinita hojarasca?

¿Seres de carne o madera? ¡Que importa tan nimio detalle, si éramos un mismo canto de gozo, de inmenso agradecimiento, de gloria al Cielo por haber dispuesto esos instantes de tan profunda Unión, por haber avivado de nuevo el círculo de hermanos de savia, de sangre, de luz…!
La víspera del 1º de Mayo y junto con miembros del “Movimiento mudras por la paz” habíamos ya aumentado el bosque; habíamos colocado un gran tronco con el lema “La paz prevalezca en la tierra” en ocho idiomas y el “lauburu” o símbolo solar, junto al dolmen de nuestra cita anual.

El hermano viento tuvo la culpa de este encuentro fuera del tiempo, en el corazón del hayedo de Aralar. Ya en la campa de Eubi-Hegoa sopló en nuestros oídos. Nos invitó a penetrar hayedo adentro. El círculo ritual se trasladó por primera vez en ocho años. El hayedo había dispuesto la hondonada de precisas proporciones, el anfiteatro idóneo para el desarrollo de la Ceremonia de Hermandad y de Luz. Sobre su mantel de hojarasca, para conformar el centro ceremonial, sólo hubo que acercar los cuatro elementos, así como margaritas y claveles de otros prados que hicieron de nuevo florecer al “lauburu”.
Una vez conducidos al nuevo espacio en hondonada, partió el hermano viento. El bosque mascaba ya sagrado copal encendido por malinches y sacerdotisas, cuando llegó el vuelo de una gran ave, cuando llegó quietud, solemnidad y las primeras notas de un poderoso “Agur Jauna” (Te saludamos, Oh Dios) en saludo a las cuatro direcciones. Brillo en la cúpula de verdes brotes sobre los corazones aunados; canto en los labios y arrobamiento en el alma; cientos de hermanos dispuestos a rescribir el futuro, a inundar la tierra de ese manto de flores y hojarasca, de plegaria y canto, de sonrisa y gozo…, de esa nube de copal y nuevo aliento.
Alguien alcanzó a contar el tiempo. Debieron ser casi cuatro horas en suprema solemnidad, en profunda interiorización. Debimos alcanzar media tarde con los tres aros humanos en torno al colorido altar, en profunda comunión con el Cielo y la Tierra. Sólo bien entrada la tarde advertimos que teníamos cuerpo, que las piernas flojeaban, que el estómago aullaba.
Volveremos, mientras que el Cielo nos de fuerzas, a la montaña sagrada de Aralar, a todas las montañas donde se anuncie ya el tiempo fuera de este tiempo, a todas las cumbres donde desborde ya el anhelo de levantar para siempre una nueva civilización de genuino Amor, de auténtica Fraternidad.
La Misión de servicio continúa. Bendit@s los llamad@s a esa inmensa Tarea
 

 

ARBOL DE LA PAZ de EUBI-HEGOA

 

Con sus ramas desnudas le protegen, casi le acunan. En medio del hayedo inmenso se alza enhiesto el árbol de la paz. Lo plantamos ahora hace un año y ya echa fuertes raíces entre las piedras milenarias del dolmen. Apenas se tambalea nuestro árbol sagrado, baila lo justo para proclamar a las cuatro direcciones que está vivo, que no cejaremos en este Empeño, que a la tierra de hermanos le faltan par de telediarios. Baila lo justo entre el barro, arenas y anhelos, el fandango lo deja para mañana al alba, cuando se abra el Cielo. Ruge el huracán, pero alzamos juntos nuevo irrintzi de paz, los helados vientos nunca podrán con el árbol de Eubi Hegoa.

 

 

 

"Ancho cielo de lona" / Breve crónica de la Ceremonia del 2011

 


Queríamos ver las llamas de las velas danzar sobre la hojarasca, el incienso sagrado inundar el bosque inmenso, la fraternidad perpetuarse junto al latido vegetal, allí arriba soberbio, desbordado. Queríamos unirnos en cuerpo y alma con Amalurra. Las nubes casi negras no nos detuvieron en el valle. Qué mejor cúpula que esa de las mil y un ramas, que ese verde  recién despertado de las hojas de las hayas. Qué mejor compañía que la de esos árboles silentes, entrañables, inmensos en altura, en belleza, en entrega.
 
Los brotes de las nuevas hojas nos rodeaban por  doquier con  su testimonio de esperanza y nueva vida. Eran tantas  las ganas que teníamos de Tierra, de celebrar  en la profundidad  del bosque, de unirnos en un solo corazón en compañía de las grandes, erguidas hayas, de la magia de los devas y elementales..., que  nos  llevamos  nuestros propios  cielos  de  lona a la espalda. Subimos a cuestas con ese inmenso azul a instalar sobre nuestras cabezas. No sin permiso debido, amarramos a los árboles los grandes toldos que nos iban a proteger de una eventual lluvia. Después de varios  años de celebrar entre cuatro paredes, este  primero de  mayo estábamos decididos a acampar allí arriba, en la montaña, de plantar  el  altar sobre la hojarasca, no ya más sobre el artificial cemento de un frontón cubierto.

 


En mitad del frío, parece que la unidad fuera más sentida. En mitad de la arboleda inmensa, todos arrejuntados en torno al altar, todos/as compenetrados/as en unas mismas oraciones, en unos mismos cantos, pareciera que pudiéramos rozar algo de la gloria y el gozo de las Alturas.  Los cuerpos en algunos momentos estrechamente enlazados, cerrando el paso al aire de la montaña nos hacían sentir el “Somos Uno” en toda su poderosa y mágica literalidad. Floreció así pues el “lauburu”, símbolo solar y ancestral de la fraternidad entre el musgo y la infinitud de las hojas caídas, floreció la dicha de sentirnos profundamente hermanados en medio de un paraje sobrecogedor. Celebramos la paz que está llegando a nuestra geografía, la paz que más pronto que tarde alcanzará el último rincón de este planeta bendito. Uitzi  y su albergue nos proporcionaron después calor a nuestros cuerpos y su sala grande y su frontón improvisadas pistas para la biodanza, las danzas universales de paz,  las danzas concheras… Hubo también talleres más “serios”, hubo sí, en los abrazos de despedida determinación de proseguir unidos en medio de esta hora trascendente…
 

Otra cosa  fue  bajar de la montaña y entrar de nuevo  en el mundo..., otra cosa fue constatar a la noche el desafío impensable al que son sometidas la voluntad de paz de un pueblo, la apuesta hoy sincera de quienes ayer tanto erraron. ¡Ojalá quienes desde lejanas y moquetadas salas, apartados de esos hayedos fascinantes, de sus tiernos musgos, de su naturaleza pura…, dictan de madrugada cuestionables sentencias que prolongan duro pasado, que refuerzan dolorosa confrontación, reparen en la gravedad de sus decisiones! ¡Que el Cielo les inunde con su Luz y discernimiento! Ése es el susurro del viento a la vuelta de nuestros cantos, oraciones y silencios. Ése es nuestro sentido  anhelo a la vuelta de la montaña, de nuestro encuentro fraterno allí en las alturas...

 



Crónica de Aitor Gato y más amplia colección de imágenes en: 
http://www.portaldorado.com/in.php?doc=7766
http://www.artegoxo.org/doc1188.htm

 

Apuntes del 2014

De tantas ganas que teníamos de musgo y de bosque a poco acampamos bajo la lluvia incesante... ¿Cuántos años ya sin cerrar el sagrado aro a la vera de las hermanas hayas…? Será que hemos de consumir toda la rebeldía hasta que en el primero de Mayo vuelva a brillar el sol sobre la montaña. ¿Qué es lo que nos sigue atando a ese frío frontón que tan gentilmente nos ceden en la verde ladera? 

 

A veces nos llueven para que brotemos belleza en medio de los más inhóspitos recintos, a veces nos jarrean para prenderla en mitad de la gélida nada… Por eso las mujeres se colocaban rosas en su pelo y los niños margaritas en el altar…; por eso cantamos con todo el pulmón y oramos con todo el corazón. Tantos años refugiándonos bajo cobertizos, carpas y toldos, que ya no recordamos cuando el sol templaba nuestro aro sagrado junto al dolmen. No olvidamos el brillo del Astro, sólo opositamos a su eterno abrazo, allá en las alturas.

 

* Imágenes de Sabacius, Primi Alonso, Koldo...